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sábado, 18 de agosto de 2012

El vuelo del ángel






Volaba el ángel itinerante con sus alitas celestes agitándose despabiladas  sobre la aldea pobre  perdida en la maraña de la noche cerrada de un África, donde ni la ilusión se atreve a crear un nido.

Donde no hay dioses que se animen.

Ni milagros.

Recorrió los camastros donde figuras pequeñas, negras, flacas, descansaban del hambre, del dolor, de la tierra rajada,  del calor sin agua, del olvido.

Era tan triste la imagen, tan desolado todo, que el ángel agitó sus alas, asustado, y se alejó presuroso hacia otros lugares.

Encontró luego las mejillas rosadas de otros niños que dormían su sueño entre cobijas de algodón y  tul inmaculado.

Le gustó ese lugar y dijo el ángel mientras plegaba los plumones de sus alas:

-Mejor me quedo acá. Quiero escuchar sus risas cuando la mañana despunte y las flores se despabilen en las matas. ¡Se me parecen tanto estos pequeños!

-Pero ¿y los otros niños? ¿Los de pelito enroscado entre la nada?  Se preguntó de pronto, preocupado, tapando con las manitas sus ojos que lloraban.

-No, no, pensó moviendo su cabeza como queriendo alejar la visión de la otra aldea.

-Mejor me quedo acá. Ya vendrán otros ángeles por ellos.

Y se quedó nomás, como si nada.


¿Viste, Aída? Cuando amanece tan gris el día...




                                    A Aída   (y a esa historia de mi barrio)



Hoy amaneció lluvioso. Un gris plomizo invadió  este domingo de invierno y es precisamente un día como a mí me gustan. Cosa tan extraña ¿no? Digo, que sienta este placer inexplicable cuando el cielo parece a punto de largarse a llorar desesperado.

Cuando la sombra no se anima a aparecer del todo, pero está y se presiente.

Yo, que ando inventando sonrisas  en los momentos más angustiantes y que siento música hasta en los acordes del silencio. Parece contradictorio que sea en estos días cuando los recuerdos abren las puertas de mi ayer haciéndome sentir que llueven pétalos de infancia.

Me gustan los días plomizos tal vez porque me crié en días de plomo que caía inducido sobre nuestra historia pero pesa más el amor que el odio y la vergüenza.

Hoy, en este domingo que te cuento, me levanté como todas las mañanas, repitiéndome inútilmente que tengo que pensar en ir dejando el pucho como sea.

¿Dónde estará “como sea”?

Prendí el primero con la culpa de quien sabe que está haciendo algo mal (las culpas, ya sabemos, las metieron por todos lados, como para que aparezcan cuando disfrutamos algo y sobre todo cuando han sido la respuesta a montones de invitaciones previas)

Y lo que es peor todavía, porque uno sabe que se está haciendo mal, en este mundo donde si te ponés a pensar son más las cosas que te agreden, que las otras.

Como te decía, me levanté, tomé unos mates y fui a comprar ¡puchos! dejando la histórica reflexión, por enésima vez, para otro día.

¡Iba pensando que es tan lindo mi barrio! ¡Tan querible! Acá pasamos infancia y juventud, acá nacieron nuestros hijos y acá comenzaron a sorprenderse con cada paso descargado sobre estos senderos que llamamos vida, y que es maravillosa, aunque a veces golpee demasiado.

Nuestro barrio es como una cajita brillante de recuerdos imborrables. Todavía, si hacés un mínimo esfuerzo, podrás escuchar el chasquido de las escobas haciéndole cosquillitas a las veredas, cada mañana temprano, despertando a los gorriones.

Creo que el trash, trash de la paja contra el cemento era el que le abría los ojos, también, al día.



-Buenos días, doña Elsa ¿Y la nena?

-¿Qué tal coña Catalina? Ahí anda ese terremoto, en la escuela. Es terrible.

 (Aunque mi vieja y yo muchas veces empezábamos el día sin haber podido alcanzar el sueño, cuando fuerzas intolerantes entraban en casa buscando ideas escondidas. ¿Y el viejo dónde andaría? ¡Qué se yo!)

Te juro que muchas veces me parece escucharlas, todavía. A las escobas y a esas fuerzas, pese a que  estas últimas nunca lograron transformarse en pesadillas.

Nuestro barrio es como una bolita de colores mágicos, construida por  varias familias que  conformaron una sola. Una gran familia con los hijos desparramados, una tarde en cada casa.

Así crecimos todos, con varias mamás y varios papás. Entre caramelos de leche y bizcochuelos de vainilla, de casa en casa, de reto en reto porque hacíamos tantas travesuras como las que con los años repitieron nuestros hijos. Los vecinos hasta tenían el derecho adquirido   para regañarnos  sin que nadie se ofendiera.



Hoy al salir del quiosco de Piqui y Alicia me encontré con Aída.

¡Vieras que viejita hermosa! Cuánta ternura emana su presencia, con sus ochenta y pico   a cuestas  y todavía andando de compra en compra remolcando ayeres, testigo vivo, fundacional, de nuestro barrio.

Aída, abuela de sus nietos y un poco también de los míos.

¡Esa sonrisa de mi viejita dulce que no puede describirse! Como hizo toda la vida cada vez que nos encontramos,  tomó mi cara entre sus manos y me recriminó por el cigarrillo en la mano, pegando su frente a la mía, antes de besarme la mejilla con el mismo amor que recuerdo desde siempre.

Volvió a hablarme de un cuadrito que le hice hace tiempo, en mis épocas de artesana y que todavía tiene en su casa, fiel acopiadora de pasados tiernos.

Desde que se fue su esposo, jamás lo olvidó y pretende que tampoco uno lo olvide, por eso es que siempre nos lo trae cabalgando en un recuerdo. ¡Y cómo olvidarlo a don Pito, si su presencia te robaba una sonrisa cada vez que lo encontraras!

Mis hijos cuentan que todavía escuchan su silbido a lo lejos, como cuando él los llamaba agitando sus brazos despertando la ternura.



Siempre que te veo, Aída, siento que se abre la cajita de recuerdos y junto a ella aparecen mis viejos, doña Lidia y Nino, doña Anita, Josefina, Bety y Andrés, la Negrita. Pepe y Elda que ahora está con sus hijas en otro barrio.

Vuelven la Gringa y Nacho, doña Alicia y don Díaz, el farmacéutico. Los Andrada y los Miranda, don Santos y su esposa. Don José, el de las macetas floridas que le cargó el apodo “el Pibe Macetita”.

Doña María y Lisardo, doña Ramona, Andrés y Yolanda, doña Josefa y sus bendiciones, Lolo, doña Elsa y don Carlos, don Mingo, don Manuel, doña Catalina y Don Juan. Pocho, que se fue poco tiempo después que el padre de mis hijos, tal vez porque hacían falta jóvenes con poco más de medio siglo en las espaldas para ir a hacer un picadito, allá lejos, con los pibes que se nos fueron antes de tiempo, Pablito y Darío.

Chicha enfermita en tiempos de muñecas y sueños de mañanas. La que nos sorprendió con la cruda realidad que nos abofeteó tan duro. Supimos que a veces se  suele arrancar pimpollos, a destiempo.

Algunos  se fueron demasiado pronto, como abriendo caminos, tal vez para fundar un barrio allá, tan lejos, que hace falta un día plomizo, como este, para poder imaginarlo. Dejaron precipitadamente este barrio alegre y unido  cuando todavía podíamos dormir sin poner llave a la cerradura.

Cuando el vecino era un poco tu padre y las madres eran todas comunitarias, expertas sanadoras de rodillas raspadas y machucones en las piernitas.

Cuando la tarde era mate y las penumbras del día que se apaga, canto de grillos y aroma de jazmines trepando los muros. Cuando no teníamos rejas ni nos hacían falta.

Por ahí cuando lo funden,  a Donato quizás se le ocurra abrir otro almacén,  donde  irán los vecinos diciendo, nuevamente, “se lo pago la semana que viene”

Y Donato volvería a repetir “vaya tranquila señora”, agitando su mano como para alejar la vergüenza de pedir fiado  hasta fin de mes.

La plata nunca alcanzó a los trabajadores, condenados al sobresalto permanente. ¡Nunca!

Entonces, no hacía falta pagaré, tampoco garantía, tan solo la palabra, ese poder infranqueable  que marcaba un compromiso ineludible ¿Qué más hacía falta, por favor, qué más?  

¡¡¡ I-nol-vi-da-bles pedacitos de mi ayer y de mi siempre que tengo clavados como astillas que florecen, acá, en el centro de mi pecho!!!

Trocitos de historia tatuada en mi alma que el paso de los años no logró borrar como tampoco lograría si acaso fuera cierto que uno podría acceder a  otras vidas.



Pasaron los años, Aída y la palabra también  murió, pero por asesinato, creo que fue atenazada por la rigidez y la frialdad del plástico.

Nuestros viejos, en algún sitio, estarán creando nuevos jardines donde el aire se renueve constantemente como en aquellos donde correteaba nuestra infancia jugando a las escondidas. Aire que te pegaba en la cara antes de ser reemplazado por la penumbra de un cuarto entre jueguitos electrónicos insensibles al calor de la mano amiga.



Hoy nos encontramos, Aída, hacía rato que no coincidían nuestros pasos por la calle de siempre y eso que vivimos a pocos metros de distancia.

-Y claro, si cada vez estamos más encerrados, ensimismados, cada uno en su propio cascarón contaminado, te dije cuando me contaste que hace tiempo no me veías.

-Siempre pienso en vos, agregaste.

Y yo no tengo dudas, Aída. ¡No-tengo-dudas!



Sentir tus manos tiernas sobre mis mejillas fue el disparador de recuerdos grabados con el fuego del amor que ustedes nos inculcaron.

Y fijate una cosita, Aída, hoy   reprimí la emoción de decirte  gracias por ser parte de mi vida y permitirme ser parte de la tuya cuando colgaste mi cuadrito pintado con amor, como para que nunca me olvides y supieras cuánto te quise.

¿Te acordás que eso dije eso cuando te lo di?  

¡En cinco minutos quisimos hablar tanto que a uno se le olvidan algunas cosas.

 No, que bah, a vos no puedo mentirte. Es que decir gracias, a veces, hasta nos causa cierto pudor… ¡que tonta soy!



Hacías falta  vos esta mañana, Aída,  para que la maraña de recuerdos tejidos en mis venas se desboque nuevamente danzando un baile de ayeres incrustados.

Claro, viejita, hacía falta verte y hacía falta  que el domingo estuviera como este, porque ¿viste, mi vieja?

El barrio es hermoso pero cuando amanece tan gris el día…


























domingo, 5 de agosto de 2012

Sentencia

"Multiplicaré en gran manera tus dolores y parirás con dolor”.
Y con dolor los parió, nomás.
Y se hicieron hombres y mujeres en medio del dolor.
Y hasta los vio morir
cuando la guerra fratricida
reventó los espejos de sus almas.

Y vio a un hermano asesinando al otro,
inducido.
Y vio a un padre llorando sobre el despojo
humeante,
de lo que fuera su simiente
florecida,
disecada,
arrancada antes de tiempo
de la vida.

Y cuando alguien dijo, habrá un mañana,
ella volvió a temblar.
Y descansó su rostro entre las manos callosas,
recordando la sentencia:
“Multiplicaré en gran manera tus dolores…”

II

“Ganarás el pan con el sudor de tu frente”
Y no ganó ningún pan,
apenas las migajas que caían
del plato del gamonal.
Y recordó nuevamente
la sentencia…

III

"Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida".
Y fue caníbal el hombre y la mujer,
cuando transubstanciaron el pan
diciendo que era el cuerpo del Padre.
Y fue vampiro cuando se bebió la sangre
Transubstanciada también.

Y siguió multiplicándose el dolor
por esta tierra.
Y ella volvió a recordar
tantas sentencias

sábado, 14 de julio de 2012

El bumerang




Una noche y en una de sus poco habituales salidas juveniles, Anna conoció a Franz.



Ella era una mujer bellísima, dotada de una serie de virtudes que hacían que para cualquier persona, estar cerca suyo, fuera sentirse alcanzada por una estela de amor.



Cuando conoció al que sería su esposo, pensaba que sus manos delicadas podían tocar la textura del cielo, estaba enamorada del hombre, desde el alma. Quien estuviera cerca suyo habría de verla feliz, volviéndose su sonrisa mucho más tierna de lo que se notaba antes del hallazgo.



Por esas cosas de la vida, con el tiempo, el hombre dejó al desnudo su faceta más negativa: era golpeador, borracho y pendenciero. Había heredado de su padre esas características tan lamentables, Anna y sus hijos conocieron el destemple de ese personaje agresivo.



Cuando Franz murió, la gente del pueblito que habitaban, comentaba en voz baja casi con solemnidad -Por fin Anna va a descansar, Dios se acordó de ella llevándoselo de una vez por todas. Y sí, la vida es un bumerang, hizo tanto daño a esa familia que al final le llegó el castigo de la muerte. Pagó por todas sus maldades como es lógico.



Anna murió dos años después víctima de tuberculosis en épocas en que la enfermedad no tenía cura.



-Dios la llevó con El, decían los vecinos, era demasiado buena para esta tierra y con lo que sufrió con ese degenerado tiene merecido el descanso final. Ah, sí, el pagó sus culpas con la muerte, agregaban otros. La vida es un bumerang, todo va y viene.



-¿Ella tuvo algo que pagar? Preguntó un jovencito que escuchaba los comentarios sotto voce. Recibió como respuesta a su blasfemia, la daga de las miradas.



De esa historia quedaron dos hijos, Lenna y Petar.



La muchacha se mudó a otro pueblo y con el tiempo todos la olvidaron. Petar quedó en el hogar donde pasara su infancia y adolescencia.



Años después, Petar, conoció a Sophie, se casaron y tuvieron tres hijos varones.



Petar, como buen hijo –y nieto- de golpeador, también lo fue. Sophie no era tan amigable como su suegra pero tampoco podía decirse que fuera una mala mujer, lo que sí, se recuerda, es el padecimiento por la violencia que recibiera de su esposo.



El murió a los cincuenta años, mientras lo despedían, las voces del pueblito rumorearon nuevamente:



-Este hombre fue muy mala persona pero ya vimos como terminan los malos, muriendo como perros y Sophie podrá vivir, de ahora en más, mucho más tranquila. Dios hace que en esta vida todo se pague, todo va y viene, la vida es un bumerang.



Ella murió al año siguiente, a nadie se le ocurrió pensar que más allá de bumerang que regresan los castigos inflingidos, la vida tiene un final y es inexorable.



Petar fue padre de Alois quien con el correr de los rumores y los años, tuvo un hijo no reconocido con Klara, de 24 años. El tenía 52 y como es lógico, heredó las pésimas costumbres de su padre y abuelo. Conoció a varias mujeres con las que se casó cuando iban muriendo las anteriores.



Con la última tuvo un hijo que llamaron Adolph, como era de esperar fue el heredero de historias de odio-amor, perversiones y agresividad.



El cachorro de bestia, víctima de padecimientos y de los efectos del bumerang que todo lo que arroja a la larga y a la corta, vuelve, puso en jaque a su pueblito y a los pueblos vecinos.



Su paso por esta vida dejó un tendal que la historia recogió, a medias, en sus páginas gastadas por el paso de los años.



Sembró semillas de odio y destrucción, fue alimentado desde la aberración para matar a la esperanza que avanzaba arrasando la crueldad.



Sus frustraciones quedaron al descubierto en cada paso que daba, idolatrado y odiado, amó al terror y lo vistió con ropaje festivo, lo meció en la cuna de su cerebro pútrido. Murió porque el famoso bumerang “devuelve” todo el mal que uno hace cuando su paso transitorio por la vida va dejando estelas.



Tal vez como heredero de una historia macabra arrastró las cadenas dejando surcos de muerte y dolor.



Pena que antes de irse llevó a muchos en marcha apresurada y nadie puede asegurar que hayan sido legatarios de historias de violencia, ni cultores del odio, sino simplemente hombres, mujeres y niños alcanzados por el fuego feroz de la xenofobia.



¿Será que las propiedades justicieras del bumerang no son tales, sino un elemento más en la extraña compulsión aterradora de ritos oscurantistas que pretenden instalar el terror a través de las culpas?



-Adolph, al menos tuvo la suerte de no ser torturado, a diferencia de tantos a los que el bumerang les pega en la cabeza, el vuelto por sus transgresiones… murmuraba Iván mientras leía el periódico en el que anunciaban la muerte del genocida.

miércoles, 4 de julio de 2012

La presencia


La presencia


No sé si es hombre o mujer, tampoco sé si es bestia. Sólo imagino su odio encarnizado y sus ansias de sed, incontrolables.

La presencia, diré, saciaba su gula  encadenando flores, salpicando horizontes, arrancando mañanas en aborto feroz de madrugadas.

Cabalgaba sobre nubes de odio desatando tempestades y dejando su semilla germinada  convirtiendo al mundo en un tormento.

Aniquiló historias arrancando hojas de las que serían las páginas futuras.

¡O agregando hojas, tal vez!

¿Quién no te dice que algún ayer derrumbado vuelva a renacer de sus cenizas?

Con paso firme, la presencia, lanzaba rayos de odio iluminando el confín donde  algún arco iris descolorido agonizaba su brillo, taponado por vómitos de humo. De momento.

Pese a tanto, hay algo que no pudo esa presencia intangible pero viva.

Lejos de su cueva abominable algo indicaba que la historia aún no había terminado.




viernes, 13 de abril de 2012

Hoy me pesa la vida...

                                                                                                      



De pronto me parece que me pesa la vida.

             Se me apagan las rosas,

             se oxidan las camelias

mojadas por mis lágrimas que quise, sean  caricias.



De pronto me aparece la luna apelmazada,

              entre lucero ausente

              y aire que se ahuma

revolcando a esta alma entre alambres de púas.



Regresan revoltijos de recuerdos pasados

que estaban enterrados, o al menos yo creía.

              Llegaron galopando de nuevo en esta espalda

              encallada, partida, que ya ni siento mía.

Bailando entre las llagas que abrieron, algún día.



Canto mi marcha fúnebre aunque se que estoy viva

¡Se hace mi verso tan triste, desabrido,

en esta tarde triste de llovizna y esquirlas!

Aunque sigue la vida su baile cotidiano,

hoy me pesa la vida

Y me lastima… entre una luna seca, desabrida.

viernes, 6 de abril de 2012

¿Me habrá mentido la abuela?

En las tardes empapadas de amor y mimos manteníamos con la abuela largas charlas de “mujer a mujer”. Ella me ayudaba a descubrir el mundo que recorría a tropezones, calmaba los magullones de mis rodillas peladas tras los juegos y la tibieza de su mano, cuando las acariciaba, hacía que se aleje el dolor que me “laceraba”.


-Sana, sana, colita de rana/ si no sana hoy/ sanará mañana.


Y al ratito nomás, las rodillas no dolían y lo único que quedaba, persistente, era el olor a mandarina y a chocolate en esas manos pequeñas apresuradas por crecer para estrujar el mundo en un instante. O eso creía que podrían hacer los grandes.


Atrás quedó la magia de esa rana misteriosa que calmaba los dolores.


¿La habrá corrido la tala de los montes fumigados?


Atrás quedó el discurso de mi abuela, que el trabajo dignifica, Y un día me puse a pensar, ¿Aunque seas un explotado?

Acaso si fuera cierto ¿habrá que ver como indignos a quienes que les fue negado, o son des-dignificados? ¿O tal vez, avasallados.

A mí me contó la abuela que un Niño Jesús nació en un diciembre lejano, en una cuna de paja y rodeado de animales y que ricos Reyes Magos lo colmaron de regalos. ¿Los Reyes donando algo, a los pobres, compañero?


Y que su madre era virgen y su padre carpintero. Y que tenía ocho hermanos. Y que por amarnos tanto lo clavaron a un madero.

Que alguien se lavó las manos cuando quisieron matarlo.


Que María Magdalena mojó sus pies con su llanto, después que usaran su cuerpo cuando la prostituyeron. Que practicó la humildad y con clavos respondieron.

En este giro del mundo siguieron matando a hombres que querían cambiar algo. Y hay quien se lava las manos cuando alguien quiere matarlos. Y se las siguen lavando ante los niños con hambre.


Y las guerras y el espanto, mirando para otro lado.

Donde Jesús ha nacido ahora erigieron un muro para que no lo traspasen, sus hermanos palestinos. Y el amor, se lo olvidaron.

¿Será que lo secuestraron a Jesús? En este mundo.

Si es que nació en un pesebre, entre ovejas y borricos.

¿Quién lo puso en catedrales revestidas de oro puro?


¿Quién lo llenó de esmeraldas, para qué? yo me pregunto.


¿Alguien conoció a algún pobre, que de muerto se haga rico?

Dicen que en Oriente Medio, buscando entre los recuerdos, en el rostro de esa gente, vio su rostro tal cual fuera, sin rasgos europeístas, sin ojos color del cielo.

Si luchaba por amor en la tierra desangrada, ¡si fuera contemporáneo, le dirían terrorista!

A Jesús lo asesinaron, descalzo como viviera. Hoy hay pequeños descalzos, y también los asesinan. Por hambre, droga, silencio, o por gatillo ligero. Y a veces hasta los violan con sotanas,


Y sin ellas.


¿Será que se multiplican, los Jesús, por estas tierras?

Mi abuela habló de la vida, igual como le enseñaron, ella lo hacía con ternura ¡y yo tanto la escuchaba!


Hay algo que no me cierra en su historia, compañeros, ¿me habrá mentido la abuela, o a ella me la engañaron?