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martes, 12 de agosto de 2014

La única luz de la sala



Ilustración “La mujer y el gato” de Beatriz Palmieri


El rugido del viento hacía pensar que algún demonio errante intentaba ingresar en la habitación descascarada, donde solos, una mujer y un gato color óxido, compartían las horas de cada día y cada noche. 
El lugar parecía encubrir un extraño misterio, de hecho y con suerte aunque no se supo cómo, desde adentro de una alacena con puertas de madera despintada que colgaba de una bisagra apenas sostenida de la punta por un clavo sobreviviente de una época que demostraba haber sido esplendorosa, aparecía algo capaz de saciar otro rugido: el de las tripas al chocar entre sí en el centro de las panzas del dúo devenido en espectro luego del derrumbe de la economía familiar.

Algún grupo de ángeles gastronómicos de una orden de caridad benéfica, oportunamente camuflada como para permanecer en la trinchera clandestina de la madera reseca, ponía al alcance de la mano de la mujer: paquetes de caldos vencidos, fideos exiliados de algún envoltorio tomado por gorgojos, o unos terrones de harina endurecida, salpicada de hongos, donde finas telarañas parecían custodiar lo que hasta tiempo atrás fuera el polvo delicado del almidón. Las tiritas frágiles, hamacas de los parásitos, parecían haber formado un alambrado de seguridad.

La mujer de historia venida a menos se sentía condenada a padecer el castigo de Tántalo*. Ella y su gato, mimetizados uno en el otro, presenciaban desde la penumbra el derrumbe de un pasado que alguna vez auguraba eternidad, gloria, triunfo.
“Vánitas vanitatum, et ómnia vánitas: ‘vanidad de vanidades y todo vanidad’, solía ser la consigna finamente trabajada por la mujer frente a pilas de billetes acumulados a costa de lo que fuere, durante sus años de vida útil.

El viento potenció su rugido, aquello parecido a un demonio avanzaba hacia la imagen en estado de descomposición acelerado. El gato arqueó el lomo, afiló sus uñas y lanzando un maullido que apagó la única luz de la sala, se precipitó hacia la calle perdiéndose en el buche oscuro de la noche impresionante.
La mujer, haciendo uso de una varilla rescatada del piso escribió sobre la superficie de una mesa antigua cubierta de polvo: «Tempus fugit, asicut nubes, quasi naves, velut umbra». El se escapa como las nubes, como las naves, como las sombras.

La frase obtuvo la fuerza de un rito de despedida, quedando la mujer tendida de panza sobre el piso opaco de la casona añosa.
Afuera calmó el viento mientras el demonio se alejaba silbando.
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*Por despertar la ira de los dioses, el griego Tántalo fue castigado a vivir rodeado de árboles frutales y de un río de aguas cristalinas; sin embargo, cuando se acercaba para comer de los árboles o a beber del río, éstos se alejaban de él, obligándolo a padecer hambre y sed para toda la eternidad. Comparativamente se aplica para mencionar a esos que a pesar de tener todo al alcance de su mano no pueden acceder a eso.

Ella, esa, aquella



La mujer sigue allí, en la misma esquina donde algún día incierto naufragaran sus años que con seguridad fueron más vegetados que vividos. Nadie la reconoce por su nombre o apellido, para todos ella es simplemente ella, esa, aquella, cuando no, la rotosa, la mugrienta, la vieja loca, según la percepción de quienes la observen. Sobre todo para los afortunados de la vida, esos que suelen sonreír de costadito en tanto van buscando deficiencias ajenas.

Es comparable a un despojo, sobreviviente herrumbrado de un tiempo tal vez vivido a tropezones, imposibilitada para salir de su botella añeja donde los años taponaron su existencia. Transcurren sus horas entre la monotonía que envuelve lo repetitivo, circundada por el chasquido agudo de frenadas bruscas y bocinazos propios de alienados habitantes de una jungla de cemento, que pasan a su lado ignorando la imagen que refleja tanto patetismo. Ella tararea el Bolero de Ravel mientras sus huesos se desparraman sobre un escalón de mármol con el que comparte decrepitud.

Algún alma piadosa, conmovida por lo armonioso de su voz, deja caer algunas monedas junto a los pies donde cohabitan callos y durezas como gemas engarzadas en los herrajes de sus dedos huesudos.

Palomas que anidan en gárgolas de cemento bajan a picotear las miguitas que se escapan de su boca desdentada. La mujer, por momentos dormita un sueño estéril, recurrente, como esperando alguna respuesta que nunca llegó.

Lejos del lugar, muy lejos, en una dimensión inexplorada donde la sinrazón convive armoniosamente con la mística, dan la bienvenida a nuevos santos recién ascendidos que treparon por peldaños de oro con incrustaciones de diamantes, extraídos de las entrañas de una tierra marginada que no parecería existir si no fuera por los mapas.

Siguiendo la teoría científica que afirma que el peso de las almas es muy inferior al de los cuerpos vivos y prosiguiendo con la lógica no metafísica que indica que en la bóveda celeste no hace falta riqueza, uno se pregunta por qué esa escalera apunta hacia arriba y no al contrario como para evitar la existencia de esa gente en situación de súplica constante.

Los nuevos bienaventurados, profesionales expertos en ejercicios de abstracción del mundo real donde han estado, habiendo sido ni más ni menos que eslabones de una cadena larguísima de responsabilidades no asumidas, por ahí, con suerte, en algún tiempo dirijan sus miradas hacia abajo. Ojalá pudieran hacerlo antes de que termine el proceso de putrefacción de las almas insensibles que aglutinaron en su paso por la vida.

Pienso en ella, esa, aquella, la rotosa, la mugrienta, la vieja loca, mientras espero mi turno en la cola del banco. Siento como si estuviera padeciendo un brote alucinatorio. Comienzo a juntar palotes, círculos y semicírculos, tildes, puntos y comas, los acomodo, los pongo aquí, los saco, vuelvo a ponerlos allá, los rompo, los dibujo nuevamente, los tacho y los rehago hasta que al fin logro unirlos como piezas de un rompecabezas del absurdo. Si logro formar la masa como pretendo, irá a parar al horno donde se cuecen las palabras junto a las horas de los días desperdiciados.

Mientras tanto la mujer, como una cosa que dura en el núcleo de la selva cementada, seguirá esperando como siempre, nada.

Ilustración: Imagen de Google

El loro, mi loro

 
nechi.dorado@gmail.com

Yo no se si esa mañana fue que abrió sus alas que parecían dibujar un arco iris de plumas como queriendo abanicar las ramas del tilo en flor, o si en realidad quiso elevar una plegaria al gran dios Aestiva, ciego, sordo y mudo como suelen ser todos los dioses ante oraciones y súplicas. Tal vez fuera que pedía fuerzas para salir del cautiverio donde pasara sus días, durante años.

Lo que sí puedo asegurar es que trató de beber un sorbo de libertad cuando alzó su vuelo perdiéndose de vista, como si la brisa matinal soplara suavemente sobre su cabecita, donde el verde y el turquesa parecían querer competir entre sí avivando los tonos, de manera tal, que no habría pintor capaz de reproducir esa maravilla cromática.

El loro fue alejándose de mí, tanto, como nunca antes lo hiciera. Partía mientras mis ojos ejercían esfuerzos estériles tratando de demorar el escape de lágrimas desbocadas que comenzaban a correr por mis mejillas, ignorando los intentos de represión del desborde acuoso.
El ave trazó su rumbo yendo hacia la libertad interrumpida por mi absurda concepción de pertenencia. Humana concepción de pertenencia.

Duró poco ese vuelo que debería haber sido ininterrumpido; pese al dolor frente a la que imaginé una despedida; confieso que deseaba esa partida aunque no tanto.

No recorrió más de doscientos metros cuando lo vi regresar para meterse inesperadamente en ese eufemismo empleado cuando queremos hablar de una jaula, para no llamarla como en verdad debería mencionarse: una prisión.
Ingresó por la puerta embarrotada y se posó en el palo donde transcurrieron sus días de ave en cautiverio haciéndome sentir doblemente culpable. No solo sembré en su alma emplumada aquella concepción de pertenencia, sino que atrofie su sentido de autodeterminación.

El loro, mí loro, humanizado hasta en sus actos primigenios, continúa esperando que le alcance su comida.
Yo, la que prefirió domesticarlo, irresponsablemente.

sábado, 8 de marzo de 2014

Pirañas Segurosas te protege...

Pirañas: Obra de la artista visual argentina Beatriz Palmieri



La sociedad se hallaba encapsulada, resultó fácil para los poderes enquistados en su médula,  mantenerla ordenada, sin pensamiento propio, casi como sodomizada.
Fue en esos momentos cuando grupos supuestamente protectores de la vida, apoyados en hipotéticos intentos de preservar la tranquilidad que realmente no estaba tan alterada como pretendían hacer creer, harían su irrupción, tallando la subjetividad de los pobladores que parecían haber entrado en situación de pánico viral, que por ser tal, amenazaba con convertirse en pandemia.
El terror iba creciendo poco a poco instigado desde los grandes medios seudo informativos a fuerza de repetición constante de hechos delictivos, más alineados  con el amarillismo que con la realidad.  Todo invitaba a pensar que la ciudad estaba a punto de ser desmantelada,  lo cual era muy bueno para que el proyecto digitado desde altos poderes económicos, pudiera desarrollarse con la total aceptación de cada uno de los habitantes de la zona.
Así fue como aparecieron en escena grupos extraños, entre éstos, unas llamadas Pirañas Segurosas, alimañas con un extraordinario poder de convicción lo que les permitía asentarse en grupos coordinados en diferentes conglomerados humanos.
Cientos de Pirañas Segurosas se agruparon y fueron logrando sus días de gloria a la vez que un excelentísimo rédito económico facilitaba el engrosamiento de sus arcas. Ellas nada harían gratis, gérmenes  de un capitalismo descarnado, parasitario,  que se nutría del dolor y la tragedia.
 Cuando aparecieron en el escenario convulsionado, paradójicamente, nadie sabía de dónde emergía esa especie vampiro-canibalesca que gozaba de  semejante poder de expansión. Tampoco sabían en manos de quiénes dejarían encargada la seguridad de sus familias.
El concepto inseguridad fue circunscripto meramente a hechos delictivos cotidianos, la sociedad raramente se detenía a pensar en la otra realidad pese a que era una mole imposible de  perder de vista dado su tamaño y presencia cotidiana.
Eso posibilitó que los eternos inundados del sistema imperante continuaran tan  sumergidos como siempre,  que frente a la caída de algunas gotas de lluvia, el agua se desbordara causando cientos de víctimas jamás contabilizadas y que aún habiendo responsables por error u omisión, estos quedaran envueltos en la niebla de la impunidad más escandalosa.
(El verdadero problema radicaba en que “te roben y te maten por un peso” haciendo pensar a más de uno que si “te roban y te matan” por mil pesos ya no sería tan grave el hecho…)
La inseguridad tenía presencia en todos los ámbitos sociales, nada aseguraba que uno pudiera mantener su fuente de trabajo, tampoco podía afirmarse que con lo que se alimentaba la población  no fuera sino condimento diario de  altas dosis de peligrosidad introducido al  organismo debido a las fumigaciones cada vez más agresivas.
Ríos contaminados,  otros por contaminar a partir de la llegada inminente de capitales extranjeros que arribarían para concluir la tarea macabra. Devastación, sustitución del respeto a la vida por la acumulación de divisas en manos de una minoría inescrupulosa enviadas en “custodia” a paraísos fiscales.
Oxígeno en riesgo a partir de la deforestación indiscriminada de impresionantes bosques. Atención médica gratuita absolutamente devastada.
Extrañamente a pocos interesaban esos detalles no menores, la cuestión era estar protegidos solamente de los robos. Por supuesto, era común escuchar cuando muchos haciendo gala de un pensamiento patológicamente individualista, aseguraban que no les interesaba la política.
Tampoco era importante, creían, analizar el problema de fondo, tanto como para descubrir que si hay acto delictivo es porque existen cómplices directos capaces de avalar lo imperdonable, cuando no hasta capaces de colaborar con los delitos.
En medio del astigmatismo casi generalizado, la historia seguía desarrollándose entre ojos con déficit visual, entre silencios y la presencia sugestiva de hermosas damas cuyos cuerpos parecían tallados en silicona. Entre prostitución VIP e invitación silenciosa a la alienación.
Pirañas Segurosas, felices y en expansión, continuaba su andar por las rutas del miedo, esperando que nada modificara su  trayecto en momentos óptimos para que el negocio siguiera prosperando. Seguían ofreciendo botones de pánico, cámaras de seguridad, focos de luz, garitas en las esquinas, cercos alambrados,  y la presencia de distintos actores con la misma orientación represiva, en general mano de obra ocupada en épocas de sangre y luto y que luego se rebuscaran la vida  protegiendo lo que ayer asesinaran a mansalva.
Dicen que entrada la noche, cuando el barrio duerme y el silencio copula con la estupidez amparado por las sombras, aguzando los sentidos puede escucharse el ruidito de aletas frotadas sobre las escamas. Dicen que en esos momentos, Pirañas Segurosas hace conjuros invocando a Fobos[1]  implorándole  mantener el estatus quo por mucho tiempo. El suficiente hasta  seguir encontrando nuevas víctimas a las que enredar en la telaraña del terror,  que impactaría en el centro de la in conciencia de aquellos  que solo ven la vida a partir de su propio ombligo. 
Esto pasa en una sociedad cuyo  tejido social fue entrando en estado de descomposición, siendo muchas veces  incapaz de condolerse frente a la imagen de un niño hambriento, de un anciano abandonado, de un padre sin trabajo. Una sociedad que de tanto miedo a morir, muchas veces termina muriendo de miedo. Miedo capaz de hacerte aceptar que asesinos de antaño hoy protejan a tus hijos de los “negros de mierda” que salen a cometer fechorías
Miedo de que te roben y te maten por un peso.
| personificación griega del terror                                    



[1]

sábado, 22 de febrero de 2014

Hablo de PAZ



Nechi Dorado
nechi.dorado@gmail.com

En esta cruel dicotomía que es la vida,
donde un imperio feroz nos crucifica,
hablar de paz no es fácil,
se me ocurre enredada en un cruel
paradigma de mentiras.

Y sin embargo la sueño, la deseo, la espero,
mientras garabateo un poema
-que sin dudas, no es bueno-.
Invento alguna triste melodía,
leo un diario y me indigno,
siembro flores, las riego,
venero a mis muertos e incentivo a mis vivos
a continuar su búsqueda,
a despejar la niebla que la blinda
en una fortaleza de oprobios.

Abrazo a algún anciano que encuentro en el camino,
recojo de la calle a un perro flaco
y herido.
Enseño a leer a un niño,
a la vez que le pido que nunca
se haga amigo del miedo
tampoco del silencio,
y de paso susurro que la paz no se busca
genuflexo o tendido,
Sino de pie. ¡Erguido!

Y en el contrasentido constante que es mi vida:
… hablo de PAZ y nombro
las noches estrelladas,
besando la sabanas y los ríos.
Nombro un fusil que estalla
en las entrañas
de la vergüenza, por la patria vulnerada.
Nombro a la PAZ que me demoran en entuertos,
mientras lloro a mis hermanos
encarcelados. Muertos.

Y me atrevo a gritar sin miedo, convencida,
que si la paz no se alcanza por las buenas,
yo prefiero ir a buscarla
¡Cómo sea!

viernes, 27 de diciembre de 2013

¡Por un 2014 más justo!


Nechi Dorado
nechi.dorado@gmail.com

Antes que lo digan los buenos poetas, los grandes artistas que andan por la vida repartiendo versos: ¡esto no es poesía!

Ni yo soy poeta, ni siquiera intento. Apenas si quiero dejar mis palabras; serán lo que pienses pero nunca huecas.

Te cuento: deseo para vos lo mismo que a mí me deseo:
·          

  • Que se cumplan todos tus sueños más lindos. Que tengas en cuenta que serían más fuertes si son colectivos.
  • ·         Que nunca te enredes en egocentrismos.
  • ·         Que hables de nosotros: de ella, de él, de aquellos, que andan por la vida sembrando sus sueños.
  • ·         Que los acompañes, son los ebanistas tallando maderas para que se apoye y crezca la justicia.
  • ·         Que no ahogues la bronca cuando algo te hiera.
  • ·         Que encalles talones, que nunca en la vida andar de rodillas mejoró la historia. ¡Que no seas cordero. Cordero de nadie!
  • ·         Que no es él o ella, quien hará la gloria. Solo yendo juntos se construye en serio, basta de pavadas, de todos y todas. ¡Mejor es NOSOTROS! Tu mano y la suya. Tu cuerpo y el suyo, enhebrando horas.
  • ·         Que empieces un año lleno de esperanza. Que la rebeldía recorra tus venas y el dolor ajeno subleve tu alma. Que no te dominen, que no te sometas. Que nunca te olvides que tu vida es tuya. Que nunca te entregues.
  •  

Brindaré por todos los que tanto quise y los que tanto quiero.

Los que tengo cerca y los que me miran desde alguna estrella perdida en el cielo.

Brindaré por todos y también por ellos: Por los que aunque quieran no pueden siquiera levantar su copa porque no los dejan.

Los impertinentes, los desobedientes, los que transgredieron el orden perverso que desangra al mundo, que desgrana historias, que aborta futuros y entroniza dogmas.

¡De esos no me olvido, tampoco lo intento!

¡Por un 2014 más justo!

¡Qué por fin se haga la Paz donde se instaló el negocio de la guerra!

miércoles, 9 de octubre de 2013

Palmira y las reglas ortográficas




Nechi Dorado

Ilustración: obra de la artista visual argentina Beatriz Palmieri

Esta historia sucedió hace muchos años, cuando sobre el cielo de mi tierra,  gordas nubes de plomo,  comenzaron una danza alocada. Cuando la primavera asomó salpicada de sangre de pueblo trabajador y una caterva de caranchos, con insignias doradas en el pecho,  afilaba sus garras desgranando pedazos a la historia. El odio de clase, predecesor y sucesor de otros enconos de sinrazones,  irrumpió en la escena nacional pisoteando el derecho al trabajo y a la decisión.

Mi hogar padeció situaciones de espanto, pero jamás hubo permiso para llantos ni demoras, sí  en cambio, se abrió paso a la palabra resistencia alcanzando un sitio de honor en nuestra mesa.
En las interminables noches de ausencia de mi padre, seguramente viendo la tristeza en mis ojos de niña, mamá me enseño que la lucha por los derechos era imprescindible y realmente fui incorporando esa idea. Aprendí que las lágrimas, muchas veces, hay que transformarlas en bronca motora de instancias superadoras, imprescindibles.

Como docente y militante y por si eso  fuera poco, como compañera de un dirigente político-sindical, perdió la posibilidad de acceso a empleo formal, pero supo saltar el obstáculo. Fue entonces, cuando la sala de casa se llenó de banquetas y de niños inquietos que necesitaban apoyo para sus tareas escolares,  la familia que podía pagar lo hacía,  los niños cuyo entorno era muy pobre, tomaban clases igual.

Aprendí en aquellos tiempos qué cosa era la sensibilidad social  y con los años pude ver cómo ingresaba en terapia intensiva.

 Todos los días por la puerta de casa pasaba un señor con un carrito tirado por un caballo marrón con una mancha blanca en la frente, voceando: “botelleeeeroooo, botella, trapo viejo, mueble viejo, diario viejo p’a vender, boootelleeeerooooo”.    En primavera, cuando comenzaba a apretar el calorcito anunciando la inminencia del verano, mamá dejaba la puerta y las ventanas  abiertas para que la brisa se colara; además,  el lugar se convertía en una especie de atalaya desde donde podía observar mis juegos en la calle.
Una tarde, el botellero, detuvo la marcha de su caballo en la puerta de nuestra vivienda. Ahí me enteré que la tracción a sangre en realidad era una yegüita y se llamaba Palmira.

¡Fue tan hermoso ver a Palmira mordisqueando el pastito que crecía bajo el árbol que daba sombra a la casa, que se me ocurrió convidarla con mi chupetín!  Deduje que tendría hambre y era el único paliativo que encontré a mano. O a boca, para hablar correctamente.
Palmira, supuse que agradecida, lamió el dulce y esa fue la primera vez que compartí una golosina con una caballa con manchita en la frente. Una lamida ella, otra yo y ambas nos mirábamos a los ojos estableciendo una comunión sin hostias,  sin genuflexión y sobre todo con desprendimiento absoluto del  sentimiento de culpa. Por suerte mamá se distrajo perdiéndose el espectáculo de la relación recién nacida entre su hija y la yegua. No se si la hubiera apoyado, todo bien con intercambios bípedo-cuadrúpedo,  pero me refiero a eso de los lengüetazos…

 -Cuidámela, pidió el botellero y se paró en la ventana mirando hacia adentro. Mi madre interrumpió su clase y se dirigió hacia donde estaba el hombre. 
-Buenas tardes, compañero, saludó ella. ¿Puedo ayudarlo en algo?
(¡Claro, eran tiempos en los que para alguna gente un trabajador no representaba un peligro inminente sino  que era parte de una unidad clasista!)
-Perdone, señora, pero ¿sabe? Yo dejé la escuela en segundo grado, después hubo que salir a ganarse la vida para ayudar en casa. Cuando veo chicos estudiando me da un nudito aquí, agregó tocándose la panza.
-¡Pero yo podría dictarle clases! Puede venir mañana mismo, coordinemos un horario y tiene las puertas abiertas, respondió mi madre. Ni piense en tener que abonar nada, usted debe terminar su ciclo y  lo ayudaré con mucho gusto, agregó mamá enfáticamente.
-Gracias señora, pero es tarde ya, respondió, no tengo tiempo. Solo quería contarle que me gusta mucho la poesía, escribí algunas y si usted quiere se las dejo y me da  su opinión. Eso sí, por favor que nadie las vea, porque yo   tengo muchas faltas. Una vez se las mostré a una mujer muy preparada y  me dijo que eso no era poesía, que había reglas para ser poeta y sobre todo debía no tener errores. Seguro que tenía razón, por eso dejé de hacerlas, pero guardé algunas y por ahí a usted le sirvan y se las pueda leer a los chicos, pero que no las lean ellos, casi rogó.

El botellero dejó un pilón de hojas amarillentas  en manos de mi madre, saludó con la misma cortesía con la que se presentó y acarició mi cabecita antes de subir al carro y llevarse a Palmira, que a la vez se llevó mi chupetín, lo que no me causó ninguna gracia.

-¡Yegua maleducada! dije tirando la piedra de la rayuela contra las huellas que dejaba el carro que se alejaba. (Hoy toda huella que veo me sabe a chupetín)
Cuando terminó la clase, los chicos comenzaron a burlarse y con sobrados motivos:

-¡La yegua te robó el chipetí-iiiin, la yegua es más viva que vo-ooosss,  cantaban con la espontaneidad maravillosa que las criaturas tienen y van dejando por los caminos de la vida a medida que se va madurando! ¿Madurando? Bueno, así dicen. ¡Qué se yo!

Entré a casa mascando bronca, indignación y amasando las ganas de tirarle piedrazos al día siguiente, cuando Palmira pasara por la calle como todos los días. Y cuando volvieran los chicos…
De pronto vi a mamá secarse lágrimas que se deslizaban por sus mejillas suavecitas como el algodón.
-¿Por qué llorás tía? Preguntó Griselda, (Pochita) mi prima que era seis años mayor que yo y con la que mami hablaba de mujer a mujer, aumentando mi bronca. En ese momento encontré una nueva víctima para la venganza del día siguiente: ¡Pochigriselda, a vos también te voy a hacer algo! pensé aunque no lo dije en voz alta.

-Leé Pochita, fíjate como siente este hombre, invitó mamá.
-¡Ay tía!, respondió mi prima pasando sus ojos sobre el papel ajado, me gusta pero tiene muchas faltas de ortografía, escribió hacer sin hache y ver con b larga.
Mami acarició la cabeza de Pochi, la abrazó como siempre hacía pese a mis celos infantiles que se descargaban en mis dientecitos que a la vez mordían mi lengua, antes de explicar:
-Pochita, cuando pase el carrito pensá que allí va un poeta innato. Un hombre que no tuvo la posibilidad de acceso a la cultura. Hay montones como él  y son los eternos invisibilizados en un mundo donde las reglas las imponen entre palabras difíciles.

-Este hombre hace hablar su alma y eso debemos sentir, siguió diciendo mi madre. Son latidos los suyos y como tales,  lo celebro e incentivo más allá de reglas ortográficas, agregó.
-¿Pero es poesía eso? Preguntó mi prima.
-Para mí sí, respondió mamá, pero  no soy  ni quisiera ser  crítica literaria. Apenas llego a preguntarme si acaso no sirve la poesía cuando nace  en la mesa sin pan, en la mesa sin vino del obrero. Este hombre, como tantos, habla con la simpleza del que no recorrió páginas porque no pudo, ¿pero, quién puede desvalorizar lo que siente? ¿Un verdadero artista? ¡Para mí, no. De ningún modo!
-Hay gente que erige monumentos a la cultura aún con ausencia absoluta de herramientas literarias. Gente que es capaz de negarle un tiempo al descanso,  luego de durísimas jornadas que encallecen sus manos y llenan el cuerpo de sudor rancio. Gente que termina siendo arrojada como paria por los senderos de la vida selectiva que sacraliza intelectos descalificando esfuerzos, completó su idea mamá, aunque yo no entendía nada, menos con chupetín arrebatado…
Griselda y yo recordamos la historia muchas veces cuando mami ya no estuvo físicamente, porque a un médico irresponsable se le ocurrió escribir la peor “poesía” al dolor, nacida de un  error imperdonable.

Aprendí aquel día de hace tanto, que bien puede la poesía crecer sobre huellas de barro congelado, o sobre terrones de polvo transpirados  aunque termine dando vueltas carnero en algún cajón inexplorado… Aprendí que el desconocimiento de las reglas ortográficas no es obstáculo facilitador de  que el corazón quede encriptado.

Como te dije antes, esta tarde recuerdo y de paso confieso,  también acabo de perdonar para siempre a Palmira.